En este momento estás viendo Calor húmedo y alimentación: cómo adaptarse al nuevo clima mediterráneo

El cambio climático no solo está cambiando el paisaje; también está cambiando el cuerpo que habita ese paisaje. Y nuestra alimentación es fundamental para cuidar de nuestra salud que se ve afectada por el cambio climático.

Hace apenas unas décadas, el verano en la costa mediterránea era intenso, sí, pero también predecible. El calor llegaba en julio, las noches permitían descansar y septiembre traía un alivio casi automático. Hoy, en cambio, vivimos veranos que empiezan en mayo, se prolongan hasta bien entrado octubre y convierten muchas noches en un ejercicio de resistencia: el aire pesa, dormimos peor, sudamos más y podemos sentir más cansancio.

La Comunidad Valenciana reúne actualmente varios factores que, desde la visión energética de la MTC, aumentan el riesgo de desarrollar calor-humedad: veranos cada vez más tórridos, humedad ambiental elevada cerca del mar y también en las comarcas centrales, noches cálidas que dificultan la recuperación del organismo, episodios extremos de calor seguidos de lluvias torrenciales y mayor tiempo de exposición a temperaturas superiores a los 30 °C.

Cuando hablamos de cambio climático solemos pensar en incendios, sequías, inundaciones o aumento del nivel del mar. Son problemas enormes y perfectamente visibles. Sin embargo, rara vez nos hacemos una pregunta más profunda: ¿Cómo cambia nuestro organismo cuando cambia el clima en el que ha evolucionado?

Es cierto que muchas personas ya cuidamos nuestra alimentación. Elegimos productos de temporada, priorizamos alimentos de proximidad, reducimos el desperdicio y procuramos consumir de una forma más consciente y respetuosa con el medio ambiente. Ese ha sido, y sigue siendo, nuestro pequeño grano de arena para contribuir a frenar el cambio climático.

Sin embargo, también debemos aceptar una realidad: hay muchos factores que escapan por completo a nuestro control. Las condiciones ambientales, la contaminación del aire, del agua o del suelo, los fenómenos meteorológicos extremos o las decisiones que se toman a gran escala son aspectos sobre los que, como individuos, apenas podemos influir.

Precisamente por eso considero importante compartir estas recomendaciones. No se trata de generar preocupación sino de ofrecer herramientas prácticas que nos permitan reducir, en la medida de lo posible, aquellos riesgos sobre los que sí podemos actuar. Porque, aunque no podamos cambiarlo todo, cada pequeña decisión consciente sigue sumando y puede marcar una diferencia tanto para nuestra salud como para la del planeta.

La medicina occidental estudia cómo cambia nuestro organismo cuando cambia el clima desde la fisiología, la epidemiología o la salud pública. La Medicina Oriental, por su parte, lleva miles de años observando otra realidad: el ser humano nunca está separado del entorno en el que vive o de la naturaleza.

Para esta tradición médica, las estaciones no son un simple decorado. El viento, el calor, la humedad o la sequedad forman parte del diálogo permanente entre la naturaleza y el organismo. Cuando ese diálogo se rompe o el clima cambia más deprisa de lo que nuestro cuerpo puede adaptarse, aparecen los desequilibrios.

Quizá por eso muchas de las personas que viven hoy en el litoral mediterráneo describen sensaciones muy parecidas durante el verano: digestiones pesadas, apatía, piernas hinchadas, sueño poco reparador, exceso de sudoración, sensación de inflamación o una fatiga difícil de explicar.

La Medicina Tradicional China reúne muchos de estos síntomas bajo un mismo concepto: la acumulación de humedad y calor.

No se trata de humedad en el sentido meteorológico ni de inflamación o mucosidad en el sentido biomédico. Son categorías propias de un modelo médico diferente, construido a partir de miles de años de observación clínica. Su lenguaje es distinto, pero resulta sorprendentemente esclarecedor cuando lo ponemos en relación con el Mediterráneo que habitamos hoy.

Vivimos como si el clima no hubiera cambiado

Vivimos una paradoja: mientras observamos que el planeta está cambiando, seguimos alimentándonos como si el entorno permaneciera igual.

La dieta cotidiana moderna contiene cada vez más alimentos ultra procesados, fritos, azúcares refinados, conservantes, pesticidas, bebidas químicas o alcohólicas, comidas preparadas con grasas saturadas. Son productos muy alejados de la cocina mediterránea tradicional, de la huerta, cocinada a diario en casa con ingredientes frescos e íntegros. Además, ciertas modas dietéticas animan a consumir proteína de origen animal y lípidos en exceso y el uso descontrolado de aparatos eléctricos para cocinar como rl microondas o la air fryer. 

La Medicina Tradicional China considera que este tipo de alimentación procesada, alta en proteína animal y en grasas dificulta el trabajo digestivo y favorece la aparición de un exceso de humedad interna. Si además esa persona vive durante meses en un ambiente cálido y húmedo, ambos factores —el externo y el interno— pueden potenciarse mutuamente.

La humedad representa una tendencia del organismo a acumular líquidos y metabolizarlos mal, provocando sensación de pesadez, digestiones lentas, hinchazón, cansancio, niebla mental o retención de líquidos. La mucosidad es la consecuencia de una humedad mantenida durante años. Puede manifestarse tanto como flemas visibles como en forma de nódulos, quistes, lipomas o incluso sensación de pesadez mental.

No es una cuestión ni de prohibiciones ni de generar culpabilidad. Tampoco significa que un alimento sea «bueno» o «malo». Significa comprender que cada clima plantea unas necesidades distintas y que la alimentación debería evolucionar con él.

Nuestros abuelos no hablaban de «calor-humedad», pero en verano cocinaban menos guisos pesados, consumían más verduras, frutas de temporada, gazpachos, legumbres ligeras en ensalada y pescados. Era una forma intuitiva de adaptarse al ambiente.

Hoy disponemos de supermercados abiertos todo el año y podemos comer cualquier producto en cualquier estación. Esta «abundancia» nos ha desconectado de una idea muy antigua: la naturaleza cambia de ritmo y nosotros/as también deberíamos hacerlo.

Los alimentos que más favorecen la mucosidad:

Aunque cada persona tiene una constitución diferente, la Medicina Tradicional China considera que algunos alimentos generan humedad con más facilidad. Entre ellos destacan: los lácteos (leche, yogur, quesos, nata, helados – también los veganos), los productos que suelen contener azúcar y a base de harinas (bollería, refrescos, galletas, pasteles, caramelos, chocolate muy azucarado, pan, pizza, pasta refinada de trigo...), las grasas en general, pero especialmente las saturadas (embutidos, panceta, salchichas, carnes muy grasas, comida rápida, salsas industriales…). el alcohol, el exceso de frutas muy dulces (plátano, mango, uvas, dátiles, higos, caqui…).

Esto no significa que estos alimentos sean perjudiciales para todo el mundo, sino que un consumo frecuente puede favorecer la acumulación de humedad en personas predispuestas.

El calor húmedo: cuando el cuerpo pierde ligereza

Uno de los conceptos más interesantes de la Medicina Oriental es que el bienestar no depende únicamente de la ausencia de enfermedad, sino de un cuerpo que transforma bien los alimentos, mueve los líquidos con facilidad, descansa profundamente, elimina correctamente y responde al entorno sin grandes esfuerzos.

Cuando aparece la humedad interna, esa sensación cambia. Y si a esa humedad se añade calor, el organismo puede experimentar una combinación de cansancio e irritabilidad, exceso de sudoración, sensación de inflamación, piel grasa o problemas digestivos. No porque el calor sea un enemigo, sino porque el equilibrio entre el interior y el exterior se vuelve más difícil.

Tal vez esa sea una de las enseñanzas más actuales de la Medicina Oriental: el cuerpo no enferma únicamente por lo que sucede dentro de él, sino también por la manera en que responde al mundo que lo rodea.

Los alimentos que generan calor-humedad

Cuando la humedad se combina con alimentos muy calientes o inflamatorios, aumenta la probabilidad de desarrollar calor-humedad.

Entre los principales se encuentran: alcohol, picantes muy intensos, fritos y rebozados, carnes a la barbacoa, embutidos, comida horneada, incluidas todas las panificaciones secas tipo rosquilletas, crackers, biscotes, etc. También guisos con aceite e incluso saltear largo tiempo con aceite la cebolla. 

Las combinaciones de grasa, harina refinada y azúcar —como pizzas, bocadillos de queso, o carne con queso, hamburguesas con patatas, bollería industrial o postres tras comidas copiosas— son especialmente desfavorables desde esta perspectiva.

Adaptarse también es una forma de prevención

Durante los próximos años seguiremos hablando de transición energética. Pero quizá también debamos empezar a hablar de fisiología climática: de cómo cuidar un organismo que vivirá cada vez más tiempo expuesto a temperaturas extremas. En este contexto, adaptar la alimentación deja de ser una moda para convertirse en una forma de inteligencia biológica que capacita la adaptación al cambio climático, ya difícilmente evitable.

La Medicina Oriental siempre ha insistido en que prevenir es más sabio que tratar. Quizá hoy, cuando el clima mediterráneo está cambiando delante de nuestros ojos, esa antigua idea merezca ser escuchada de nuevo porque nos recuerda algo esencial: la salud comienza cuando dejamos de sentirnos separados/as de la naturaleza y volvemos a vivir en diálogo con ella.

Cada persona responde de forma diferente al calor, la humedad y la alimentación. La Medicina Oriental siempre parte de una valoración individual, ya que no existe una pauta válida para todo el mundo. Si deseas adaptar tu alimentación a tu constitución y a las nuevas condiciones del clima mediterráneo, un asesoramiento personalizado puede ayudarte a encontrar el equilibrio más adecuado para ti. Agnès Pérez, especialista en Nutrición Energética, ofrece consultas personalizadas para diseñar una alimentación adaptada a tus necesidades y objetivos de salud.  

Agnès Pérez

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